Agosto 10

Enseñanzas que nos dejó el terremoto ocurrido en Colombia

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El 10 de agosto de 2026 quedará marcado para siempre en la memoria de millones de colombianos. A las 7:34 de la mañana, un terremoto de magnitud 7,4 sacudió buena parte del territorio nacional. El epicentro fue localizado en San José del Palmar, Chocó, y el movimiento fue sentido en numerosos departamentos, entre ellos Chocó, Valle del Cauca, Risaralda, Caldas, Quindío y Cauca.

En cuestión de segundos, la tranquilidad de una mañana cualquiera se convirtió en miedo, incertidumbre y angustia. Familias enteras salieron de sus casas, edificios fueron evacuados, algunas construcciones colapsaron y miles de personas comenzaron a preguntarse qué hacer y dónde estaban sus seres queridos.

Pero una tragedia de esta magnitud no solamente deja pérdidas materiales y humanas. También deja preguntas. Nos obliga a mirar nuestra realidad y, sobre todo, nos enseña.

Tal vez la primera y más importante enseñanza es una que muchas veces olvidamos: la vida es frágil y no tenemos control sobre todo lo que sucede a nuestro alrededor.

Antes del terremoto, millones de personas estaban desayunando, trabajando, estudiando, viajando o simplemente comenzando su día. Nadie sabía que unos segundos después estaría viviendo uno de los momentos más difíciles de su vida.

Un terremoto nos recuerda que no debemos esperar una tragedia para valorar lo que tenemos.

A veces vivimos preocupados por una deuda, una discusión, un problema laboral, una diferencia familiar o algo que no salió como queríamos. Y, aunque esos problemas son reales, una tragedia de esta magnitud nos hace comprender que existen cosas mucho más importantes: estar vivos, tener a nuestros seres queridos cerca, poder abrazarlos y tener una nueva oportunidad cada mañana.

No deberíamos necesitar una tragedia para aprender a valorar la vida.

Otra gran enseñanza es que Colombia necesita seguir fortaleciendo su cultura de prevención.

Los terremotos no se pueden evitar. Sin embargo, sus consecuencias sí pueden reducirse.

La calidad de las construcciones, el cumplimiento de las normas sismorresistentes, los estudios de suelo, los sistemas de emergencia, las rutas de evacuación y la preparación de la población pueden marcar una diferencia enorme.

Los daños provocados por el terremoto también demostraron que dos edificaciones relativamente cercanas pueden comportarse de manera muy diferente frente al mismo movimiento. Investigaciones posteriores al sismo han señalado que factores como las características del suelo, la antigüedad de las construcciones y el sistema estructural influyeron en el nivel de afectación.

Por eso, una de las preguntas que debemos hacernos como sociedad no es solamente “¿qué ocurrió?”, sino también:

¿Qué podemos hacer para que la próxima vez las consecuencias sean menores?

El terremoto también dejó una enseñanza individual: muchas personas no sabían exactamente cómo reaccionar.

Cuando sentimos que todo se mueve, el miedo puede paralizarnos. Por eso es fundamental conocer de antemano las medidas básicas de seguridad y tener un plan familiar.

Saber dónde ubicarse, identificar lugares seguros, conocer las rutas de evacuación y establecer un punto de encuentro familiar puede resultar decisivo.

También es importante tener preparado un kit de emergencia con elementos básicos como agua, alimentos no perecederos, linterna, radio, baterías, medicamentos personales y documentos importantes.

La prevención comienza mucho antes de que ocurra el terremoto.

Después de un desastre, una de las primeras preguntas que aparecen es:

“¿Están bien mis familiares?”

Las llamadas y los mensajes se multiplican. Las personas buscan desesperadamente comunicarse con padres, hijos, hermanos, parejas, amigos y compañeros de trabajo.

En esos momentos entendemos que muchas de las preocupaciones cotidianas pierden importancia.

El terremoto nos invita a valorar más a nuestra familia. A llamar a nuestros padres. A visitar a nuestros abuelos. A abrazar a nuestros hijos. A decirle a nuestra pareja cuánto la amamos.

Porque nadie sabe cuándo será la última oportunidad de hacerlo.

En medio de una tragedia siempre aparece una cara diferente de la humanidad.

Personas que no conocían a las víctimas comenzaron a ayudar. Voluntarios, organismos de socorro, profesionales de la salud, policías, bomberos, empresas, comunidades religiosas y ciudadanos comunes participaron de diferentes maneras en la atención de la emergencia.

Cuando ocurre una tragedia, las diferencias políticas, económicas y sociales pueden quedar momentáneamente en segundo plano.

El dolor de una persona se convierte en el dolor de todos.

Y esa solidaridad debe permanecer incluso después de que las cámaras se marchen.

Una de las grandes dificultades después de una catástrofe es que, con el paso de los días, la atención pública disminuye.

Durante las primeras horas todos hablan del terremoto. Las noticias transmiten imágenes constantemente y las redes sociales se llenan de mensajes de solidaridad.

Pero después llega la etapa más larga y difícil: la reconstrucción.

Las familias que perdieron sus viviendas necesitan dónde vivir. Las personas heridas necesitan atención y rehabilitación. Los niños necesitan regresar a sus colegios. Los comerciantes necesitan volver a trabajar. Las comunidades necesitan recuperar sus vías, servicios públicos e infraestructura.

Los datos muestran la enorme dimensión de la emergencia. Diez días después del terremoto, la UNGRD reportaba cientos de víctimas mortales, miles de heridos, decenas de miles de viviendas destruidas y daños en centros de salud, instituciones educativas, vías, puentes y otros servicios esenciales.

Por eso, ayudar no debe ser una reacción de unos cuantos días.

La solidaridad verdadera también consiste en acompañar durante la reconstrucción.

El terremoto no afectó a todas las personas de la misma manera.

Quienes viven en condiciones económicas precarias, en viviendas vulnerables o en regiones con dificultades históricas de infraestructura pueden enfrentar una recuperación mucho más complicada.

La tragedia también puso nuevamente en evidencia la vulnerabilidad de comunidades que ya habían sufrido otras formas de desplazamiento y abandono.

Esto nos deja una enseñanza importante:

La gestión del riesgo no puede limitarse a reaccionar cuando ocurre una emergencia. También debe trabajar para reducir las desigualdades que hacen que algunas comunidades sean mucho más vulnerables que otras.

Hay heridas que no se ven.

Una persona puede estar físicamente ilesa y, sin embargo, sentirse profundamente afectada después de experimentar un terremoto.

Miedo a dormir, temor ante cualquier ruido, ansiedad cuando comienza a moverse un objeto, preocupación por las réplicas, tristeza por haber perdido la vivienda o a un ser querido.

Todo esto puede formar parte de la experiencia posterior a una tragedia.

Por eso, la recuperación no puede concentrarse únicamente en reconstruir edificios.

También debemos reconstruir emocionalmente a las personas.

Escuchar, acompañar, conversar y buscar ayuda profesional cuando sea necesario son acciones tan importantes como reparar una vivienda.

Después de un desastre aparecen rápidamente rumores y noticias falsas.

En redes sociales pueden circular supuestas explicaciones, cifras que todavía no han sido confirmadas, videos antiguos presentados como actuales o teorías sin fundamento científico.

Durante una emergencia, compartir información falsa puede aumentar todavía más el miedo.

Por eso debemos aprender a consultar fuentes oficiales y medios confiables antes de compartir una información.

En una emergencia, informar bien también es una forma de ayudar.

El terremoto también cambió la manera en que muchas personas miran sus viviendas.

Una casa representa seguridad, recuerdos, esfuerzo y años de trabajo. Perderla significa mucho más que perder paredes, muebles o electrodomésticos.

Significa perder fotografías, objetos familiares, recuerdos y la sensación de tener un lugar propio.

Por eso, cuando ayudamos a una familia damnificada, no estamos simplemente ayudando a reparar una construcción.

Estamos ayudando a reconstruir una parte de su vida.

Después de un terremoto importante pueden producirse réplicas. Por eso la preparación no termina cuando deja de sentirse el movimiento principal.

El terremoto del 10 de agosto también nos recordó que Colombia es un país sísmicamente activo y que debemos mantener una cultura permanente de prevención.

No se trata de vivir con miedo.

Se trata de vivir preparados.

La diferencia es enorme.

Vivir con miedo significa pensar constantemente que algo malo va a ocurrir.

Vivir preparados significa saber qué hacer si ocurre.

Una de las mayores enseñanzas que puede dejarnos una tragedia es que reconstruir no debería significar simplemente volver a construir lo mismo.

Si una vivienda, una escuela, un hospital o una vía era vulnerable antes del terremoto, reconstruirla exactamente igual significaría conservar el mismo riesgo.

La reconstrucción debe ser una oportunidad para mejorar.

Mejores edificaciones, mejores sistemas de emergencia, mejores vías de evacuación, mejores comunicaciones y comunidades más preparadas.

No se trata solamente de reconstruir lo que se perdió. Se trata de construir un país más preparado para el próximo desafío.

Una de las imágenes más poderosas después de una tragedia es ver cómo una persona ayuda a otra.

Un vecino presta una habitación.

Alguien lleva comida.

Un conductor transporta personas.

Un médico atiende durante horas.

Un voluntario busca sobrevivientes.

Una persona dona dinero.

Otra dona ropa.

Otra simplemente abraza a alguien que acaba de perderlo todo.

Cada acción parece pequeña, pero juntas pueden convertirse en una enorme fuerza de recuperación.

La tragedia nos recordó algo que muchas veces olvidamos en la vida cotidiana:

nos necesitamos unos a otros.

Cuando una tragedia golpea a una familia, muchas personas encuentran en la fe una fuente de fortaleza.

Las oraciones, la compañía de la comunidad, la esperanza y la confianza en que después del dolor puede comenzar una nueva etapa pueden ayudar a soportar momentos que parecen imposibles.

La esperanza no significa negar el dolor.

Significa reconocer que, incluso después de una tragedia, todavía existe un mañana.

Colombia tendrá que llorar a quienes perdió, acompañar a quienes quedaron heridos y ayudar a quienes perdieron sus hogares.

Pero también tendrá que levantarse.

Quizás esa sea la enseñanza más profunda que nos deja el terremoto del 10 de agosto de 2026.

Nos recuerda que el mañana no está garantizado.

Por eso vale la pena decir “te quiero”.

Vale la pena perdonar.

Vale la pena llamar a nuestros padres.

Vale la pena visitar a nuestros seres queridos.

Vale la pena dejar de aplazar ese sueño que llevamos años posponiendo.

Vale la pena disfrutar un café con la familia, una conversación, una comida juntos o simplemente la tranquilidad de estar en casa.

Porque muchas veces necesitamos que la tierra tiemble para darnos cuenta de lo importante que era todo aquello que permanecía quieto.

El terremoto del 10 de agosto de 2026 no debe quedar únicamente como una fecha de dolor en nuestra historia.

Debe convertirse también en una fecha de aprendizaje.

Debemos aprender a construir mejor, a prevenir más, a reaccionar con mayor rapidez, a cuidar nuestra salud mental, a verificar la información, a proteger a las comunidades vulnerables y a mantener viva la solidaridad.

Pero, sobre todo, debemos aprender a valorar la vida.

Las estructuras pueden reconstruirse.

Las carreteras pueden repararse.

Las viviendas pueden volver a levantarse.

Las ciudades pueden recuperarse.

Pero las vidas que se perdieron no pueden recuperarse.

Por eso, cuando Colombia mire hacia atrás y recuerde aquel 10 de agosto, ojalá no recuerde únicamente el miedo y la destrucción.

Ojalá también recuerde la solidaridad, la valentía, la esperanza y la capacidad de un pueblo para levantarse después de caer.

Porque un terremoto puede sacudir nuestras casas, pero no tiene por qué destruir nuestra esperanza.

Y quizás esa sea la enseñanza más importante de todas:

Colombia puede temblar, Colombia puede caer, Colombia puede llorar… pero Colombia también puede levantarse.

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